GOTENSION

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Antes del amanecer

El techo crujió. Aguardó la respiración, volvió la vista hacia arriba para asegurarse de que ningún trozo de cemento o al menos de cielo falso fuera a caer sobre él. Relajó el cuerpo, el crujido habría sido por otra causa, no porque alto se desgajara sobre su cabeza ni porque hubiera tenido una de esas pesadillas vívidas.

Eran las tres de la mañana, la hora en la que su despertador había sido programado para sonar y obligarlo a dar el rondin por los solitarios, oscuros y fríos pasillos del viejo hospital. Se levantó en la oscuridad del cuarto, se acomodó el pantalón de su pijama quirúrgica y descolgó la bata del porta sueros, que no tenía otro uso que un pobre perchero viejo, oxidado, de solo dos asas y que verdaderamente daba lástima ver cómo había sido adaptado y fijado con vendas y cintas a una mesa…

Atravesó la habitación para ir a la contigua y deshacerse de la orina acumulada unas horas atrás. Al abrir la puerta sus pupilas se contrajeron ante la fiera entrada de luz, se quedó ciego por unos segundos y a tientas movía las manos para encontrar a prisa el marco de la puerta, el hoyo donde debía ir la perilla o cuando menos su superficie rasposa y apolillada. Cuando su sentido volvió, se sobresaltó por nada frente a la imagen ya conocida de la enfermera encargada del turno noche tras noche desde que él había llegado a ese lugar, con la cabellera desordenada, una marca en diagonal que atravesaba su rostro, símbolo de buen dormir, los ojos rojos y el maquillaje formando halos negruzcos a su alrededor. Ella pasó de largo, él decidió ignorarla.

Caminó a través del pasillo, había por lo menos nueve habitaciones hasta el final. Las lámparas que habían sido instaladas tiempo atrás por su capacidad de iluminación blanca, parpadeaban de vez en vez y lejos de proporcionar las destellantes luces apropiadas, proporcionaban luz ámbar, luz ámbar que se veía eclipsada por la oscuridad y que dejaba entrever nada más que sombras en el suelo, en las ventanas que daban al exterior y hasta en las habitaciones de los enfermos, si él no hubiera sido lo suficientemente incrédulo, habría jurado desde mucho antes que las sombras no eran solo artefactos creados por objetos, sino que se movían a voluntad propia… Miró su celular, deseaba que la mañana llegara pronto.

Mientras seguía caminando hacia el fin del pasillo, tuvo una sensación de piel de gallina, se le erizó el pelo del cuello y tuvo una sensación cosquilleante e inquietante como cuando tenía ganas de orinar. Reconoció el miedo al recordar las palabras de su abuela: “las tres de la mañana es las hora de las almas”.

Apresuró un poco el paso, sólo debía avanzar unos cinco metros más para ver que ningún enfermo estuviera levantado en el último cuarto, pero no quería llegar ahí. Al lado del último cuarto había otro en el que se encontraban los controles y ductos del aire acondicionado y la planta de luz extra de ese piso para casos de emergencia. El inicio de los ductos desprendía un gas caliente y hacía ruidos huecos a su paso. La luz parpadeó por un lapso más extendido y él apenas había puesto un pie al margen de la última habitación, sintió una mano en su pierna, no quería mirar y emitió un pequeño grito agudo que más bien parecía venir de sus pulmones y no se sus cuerdas vocales. Se iluminó de nuevo el pasillo y él ignoró el cuarto de los ductos, metió la mano a la carrera y encendió la luz de la habitación, había alguien ahí, sentada en la cama ya sin sábanas, con el cabello cayendo en sus hombros, la piel lánguida y los labios grises. Apagó la luz de inmediato y quiso salir, alguien lo llamó: “doctor, ¿cuándo van a venir por mí?”. La paciente que había estado ahí hacía solamente ocho horas, había muerto de una complicación post cirugía, así que simplemente no podía haber nadie allí. Con el corazón en la boca avanzó de regreso, sentía calor en los oídos, frío en las manos. Miró de reojo, no había nadie. Respiró hondo y continuó. La luz no parpadeó, al menos las lámparas estaban de su lado por un instante.

Entró en el penúltimo cuarto, una mujer estaba sentada en la silla de acompañamiento junto a la cama de su esposo, tenía un Rosario en la mano y un libro de plegarias, en el hoyo de la cama yacía su marido, con los ojos entre abiertos, respirado estrepitosamente, con jadeo y con movimientos abdominales impropios de una respiración normal. Él le acomodó el cuello, le puso la mascarilla con oxígeno y lo miró con ojos largos, mo tenía esperanzas pero estaba batallando y no podía cruzar al otro mundo. El siguiente paciente estaba en su lugar y el siguiente y el siguiente. Dio media vuelta, regresaba al pasillo principal, sin mirar ninguna otra cosa que sus propios zapatos. Ahí estaba de nuevo el escalofrío, el calambre en su estómago, la sensación de querer salir corriendo. Una figura de blanco venía hacia él, se alegró, alguna enfermera venía a su encuentro, pero no, no era una enfermera, algo se acercaba con un Halo blanco y una cara ensombrecida. Apretó los ojos, apretó los dientes, se abrazó a sí mismo y corrió hacia el cuarto donde dormía, de donde pensaba que nunca debía haber salido. Se le ocurrió entrar al cuarto de enfermería, ahí estaría su compañera de turno, ahí se refugiaría hasta que la mañana llegara y cuando al fin el sol despuntara renunciaría a ese lugar.

Con violencia abrió la puerta, el sudor surcaba su cara, una erección le indicaba que pronto tendría que orinar, sus piernas vacilaba. La enfermera estaba ahí, en una esquina junto al anaquel de materiales de reserva, estaba con la cabeza baja, las piernas estiradas y los brazos caídos. Él la llamó: “por el amor de Dios, despierte por favor”. Ella se movió como si una fuerza externa hubiera insertado energía a su cuerpo y lo miró. La prisa que tenía por despertarla se volvió más fuerte por dormirla, “¿Qué necesita doctor?”, su desencajado rostro parecía escurrir, sus ojos lo penetraban. La paciente del final del pasillo venía acompañada del hombre de respiración difícil y ambos venían con la falsa enfermera de Halo blanco y rostro ensombrecido. La enfermera conocida se posó frente a él, “doctor”, le dijo con la sonrisa chueca, “las tres de la mañana es la hora de las almas. El rondin ha terminado”.

El techo crujió, el cielo falso no caía sobre su cabeza, pero su cabeza se caía a pedazos dentro de él. Su corazón daba tumbos y revueltos, su respiración se había vuelto pesada, su cuerpo se sacudía incontrolablemente y la mano que no había querido ver en el cuarto de los ductos lo había tomado de nuevo de su pantorrilla, lo había seguido, lo había acechado, lo había elegido para quién sabe qué…