GOTENSION

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El día que llegamos al faro

No necesitábamos esa luz. Al menos creímos que no necesitábamos esa luz, porque mientras íbamos caminando para encontrar la punta del malecón, íbamos encontrando personas que regresaban desde allá, algunos montados en bicicletas, otros eran corredores y otros más venían caminando enamorados, tomados de la mano, pero a nadie le hacía falta la luz del faro. Nosotros simplemente caminábamos, cada uno en su sitio, sin entrelazarse las manos y mucho menos los sentimientos. La puesta del sol era inminente, pronto el cielo se oscurecería por completo. Aún así, paseábamos con el viento invernal de frente, no era helado porque en estas regiones tropicales no suele ser congelante, pero era suficiente frío para volver nuestros rostros pálidos y encogernos de hombros. Pensé que a medida que el sol se iba ocultando, mi corazón iba a quedar al descubierto debido a la luz de luna que iba haciendo notar su presencia cada vez más, por suerte, no tenía más que bajar el rostro para ocultar lo que mis ojos gritaban pero que mi boca no podía articular.

En medio del ruido del agua rompiendo contra las piedras gigantes, del viento yendo aprisa y del resto de voces reunidas ahí, lo que mejor podía escuchar era tu voz pausada, en tono bajo y entrecortada de vez en cuando por el viento gélido. Podía escuchar tu respiración y sonido de tus dientes de vez en cuando al titiritar de frío. Imaginaba el sonido de tu cabello acariciado con la brisa, pero el sonido más fuerte de todos era lo que decían tus ojos, había algo ahí mientras hablabas de tus sueños, y yo que de repente te miraba sin que te dieras cuenta, sabía que había algo que agitaba tu corazón, sin embargo, no sabía qué.

La noche había caído, en el mar se apreciaba el brillo de la luz de la luna y se veía una quietud aparente en la superficie. Los mapaches corrían hacia sus escondites, tú y yo mirábamos las estrellas. Quería preguntar por qué te veías así, por qué tu figura de pronto se había vuelto un poco triste. Tal vez estabas cansado, tal vez te preguntabas por tu futuro una y otra vez, sobre tu rumbo y sobre mil cosas más que no tuve el valor de preguntar. Quería abrazarte, quería darte consuelo y al mismo tiempo quería correr y tirarme al mar. Lo sé, la salida desesperada nunca es la correcta, pero mi corazón ardía en remordimientos por no tomar tu mano, por no darte un abrazo, por no decirte lo que sentía y créeme que era doloroso. Cuando me miraste, sonreí. Sonreía porque en ese momento éramos reales, porque estábamos de pie bajo las estrellas y porque nuestras miradas se habían encontrado. No sé si pudiste percibirlo, pero en ese momento, necesitaba la luz del faro y también tú. Necesitábamos una luz guía. Quería que tu pecho fuera mi faro para asirme, que tu voz fuera mi camino y que la sonrisa de tus ojos fuera mi luz. Quería ser tu faro, quería consolar tu espíritu libre pero un tanto solitario, infundirte valor, aminorar tus miedos y crecer juntos… pero esa seguramente era solo yo.

Cuando por fin llegamos a la punta, corrí y puse mi mano en el mausoleo de color blanco, ese que portaba una luz roja en su parte más alta y que era una señal para los marineros, que era una señal de tierra firme y que también era para que tuvieran cuidado, era una alerta para todos y una oración de gratitud para algunos. Extendí mi mano, el material era frío. Levanté mis ojos y miré la luz titilante roja.  Sabía que estabas detrás de mí, sabía que no entenderías mi gesto y no tratarías de indagar más. Con mis sentimientos temblando dentro, llamé a Dios “por favor, déjame ser su faro, déjame ser su fuerte…”.

Dijiste mi nombre, música para mis oídos, no las letras que lo conforman, sino tu color de voz, devoraste las llamas que me consumían lento. Y en el lugar tan oscuro me di cuenta que era cierto, nosotros, los que visitamos las escolleras en una noche de invierno, necesitábamos esa luz, la luz de la esperanza, reconfortante para el alma, intermitente, bella y necesaria.