GOTENSION

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La luz de la esperanza

En algún momento del mes de abril, no reconocí mi ciudad. Mi puerto lleno de vida antaño, se veía fantasmal. El coronavirus estaba tratando de engullir a mi gente y ante el temor de una crisis sanitaria, fuimos obligados a escondernos detrás de las paredes secas, ásperas e inertes de nuestro hogar. Durante las mañanas, apenas unos cuantos vehículos circulaban, la calma aparente daba la sensación de encontrarse en algún sitio apocalíptico, en el que sin previo aviso, rayos impactarían cualquier objeto en movimiento, todo ser vivo estaría temeroso y el caos reinaría por la eternidad. Respiré profundo y pensé: “Dios, ya quiero que se acabe este encierro”.

Al llegar a mi lugar de trabajo, compañeros de intendencia estaban limpiando el lugar, dejando el aroma del cloro y desinfectante cubierto por aromatizante de lavanda. Horrorizada, miré el aspecto humanoide de entes cubiertos con trajes blancos, botas, gorros, cubrebocas y gafas protectoras estilo industrial, que no subían la mirada, sino que se dedicaban a restregar los trapeadores por el suelo del pórtico de madera falsa y las franelas en los pasamanos de la escalinata hacia el recinto de los cuartos y las salas de estar para el adulto mayor.

Nuestro lugar que había sido pacífico antes, se veía mucho más quieto. El árbol enorme prestaba su sombra a nadie porque nadie estaba afuera leyendo, ni charlando, ni esperando en el portal para saludar. En cambio, todos los residentes se encontraban tras las ventanas, con estrictas medidas de higiene, aislados de las visitas familiares y con el alma pendiendo de un hilo de sueño: volver a sonreír, a convivir, sentirse amados y ver a sus amores una vez más antes de partir.

Ahí estaba yo, mirando con tristeza el panorama, con incertidumbre del mañana y atravesando la residencia para llegar a la oficina fría y esperar. ¿Esperar qué? Esperaba que vinieras a sentarte conmigo, para que pudiéramos platicar. Sobre mi escritorio puse mi cuaderno rayado, un bolígrafo color negro, un vaso en el que me preparé un té chai caliente con un toque de crema y lo endulcé con azúcar artificial. También coloqué unas galletas de mantequilla, con la esperanza de que pudieras saborear una pizca de su cremosa textura, con una bebida de tu preferencia y desnudarnos el alma al hablar. Mientras te esperaba, escribí una nota para ti.

“Entonces, querida amiga, cuéntame ¿cómo estás?, ¿viva? Me da gusto. ¿Cuidando de tu encierro? Te felicito. Pero más allá de eso, me refiero a realmente ¿cómo estás? ¿Cómo te sientes esta mañana? ¿Preocupada por los padecimientos que te aquejan? ¿Por las estadísticas mundiales del virus? ¿Por la economía familiar? ¿Por la suspensión de las visitas? No. Estás angustiada porque tus hijos o tus nietos puedan enfermar y lo sé, lo veo en tus ojos nublados, en el temblor de tus dedos, en tu inseguridad al caminar. Sé que aunque haces tus actividades programadas, tu mente está en una plegaria eterna, en una súplica de amor hacia los tuyos y pides ferviente que Dios los proteja de todo mal.

Préstame tu atención, mira por la ventana, ¿puedes ver el sol? Si no puedes, te invito a que te coloques tus anteojos. Agudiza un poco más tu oído para que puedas escuchar el canto de las aves refugiadas en el árbol bajo el cual muchas veces has estado de la mano de tus nietos. Ignora el frío artificial sobre nuestras cabezas que proviene del ducto del aire acondicionado de quién sabe dónde, imagina la temperatura del exterior, siente lo abrasante del astro mayor. Voy a contarte algo, de recuerdos se compone la existencia. En este tiempo de encierro has de coincidir conmigo en que para el amor no hay barreras y tu pensamiento como el mío vuelan y se conectan conectan con los más puros cariños. Firmemente sostengo esto: si te pienso, te recuerdo y un recuerdo me lleva a otro y a otro y a tejer una frazada de tu risa, de tus palabras, de tus ojos. Siento tu presencia, te necesito a mi lado para abrazarte, para decirte cuánto te amo.

Anda inténtalo, crea tu frazada, cubre tu alma temerosa, arropa tu cuerpo con el calor de la memoria, deja que la emoción te llene, deja que las partículas de amor fluyan dentro de tu cuerpecito y salgan hacia el horizonte para que alcancen a los tuyos en la distancia. Querida, dale un respiro a tu agitada plegaria porque te prometo que esto no es para siempre y el día menos pensado estaremos como en tiempos pasados.

¿Qué te parece? ¿Te sientes cómoda con el recuerdo? En el reflejo de tu mirada puedo vislumbrar un poco de Fe. Está bien, todo va a estar bien. Dime con tu convicción de madre que Dios nos guarda, porque Él nos cuida, porque Él nos ama.

Madre, de hijos biológicos o de crianza, no desfallezcas por miedo. Recuerda que tienes una extraordinaria fortaleza que la feminidad te regala. Muéstrame tu temple de heroína y la belleza de la luz que nació de tus entrañas al volverte guardiana incansable de tus quereres. Madre, piensa en el brote del coronavirus y has que surja un nuevo brote, pero esta vez de esperanza, que alcance desde tu hermosa persona y hasta el último rincón en la faz de la Tierra”.